domingo, noviembre 19, 2006

Feria Internacional del Libro de Miami 2006




Lo que más me ha gustado de la Feria del Libro de Miami del 2006, ha sido conocer a Mayra Santos-Febres, finalista del Premio Primavera de Novela con su libro Nuestra Señora de la Noche. Lo que más me impacto de nuestra conversación: "Qué mujer inteligente no es coqueta." "Mi hijo (de veinte meses) me eligió escritora, y no puedo defraudarlo." "Me encanta tener cuarenta años, porque por fín me enteré." Fantástica mujer, aún más grande que sus obras.

Otra persona grande es Eduardo Lago, ganador del Premio Nadal 2006, con su primera novela, Llámame Brooklyn. También es el nuevo Director del Instituto Cervantes en Nueva York. Citas destacadas de nuestra conversación: "Todavía no me creo que me dieron el Nadal." "Tengo otra novela en mente, pero no podía decir que no (a ser director del Instituto Cervantes), y la novela tendrá que esperar." "Quiero dinamizar el Instituto Cervantes."

César Vidal, ganador del Premio Algaba, me dijo: "Con tantas editoriales que hay, quien no consiga publicar, es que no tiene talento." "No creo que los premios literarios estén amañados." "Tengo todo un espacio en el Corte Inglés dedicado a mí" "He publicado más de cien libros y no creo en los equipos."

Diane Stockwell, agente literaria en NY, y Marla Norman, de Planeta Publishing Corporation son dos estupendas personas y profesionales. Enhorabuena por ser como son.

El estand de España debería ofrecer más cosas a los visitantes.

Ah, cómo emocionan las Ferias de Libros.

miércoles, noviembre 08, 2006

Los jóvenes de 90 años.

El sábado por la noche salimos a cenar toda la familia: mi marido, las dos niñas y yo. El sudoeste de Florida en esta época del año, parece el set de la película Cocoon, y el restaurante italiano al que fuimos no era una excepción. Mientras esperábamos que nos sirvieran, entró una pareja que, por su aspecto, no podía tener menos de noventa años cada uno. Seguramente habían ido en su coche, ya que aquí no hay otra manera de desplazarse a un centro comercial. Ella iba arreglada: el pelo recogido, pendientes largos, un foulard alrededor de las caderas. El se había peinado el poco pelo que le quedaba, y vestía pantalones kakhi y una camisa blanca. Se sentaron, mirándose a los ojos, y conversando. Les temblaban las manos mientras intentaban sacar los cubiertos del interior de la servilleta, y a los dos se les cayó el cuchillo y el tenedor al suelo. Entonces ocurrió algo que me impresionó: se rieron juntos, igual que si fueran chiquillos carcajeándose de una trastada. En vez de darme lástima, su reacción me hizo sentir una especie de amor universal. Sus rostros arrugados eran amables: no se veía ni una pizca de tristeza, ni de enfado, ni de resentimiento, y mucho menos, de resignación.
Ay, cómo me gustaría llegar a los 90 años con esa actitud.