viernes, septiembre 22, 2006

El primer día del curso

Se aproxima el primer día de escuela, y todavía no he comprado todos los útiles necesarios para comenzar el curso. Tengo el uniforme, que me parece bien práctico, porque evita tener que decidir a diario el vestuario para asistir a clase. Además, unifica a todos, y nadie destaca por llevar una marca de ropa más prestigiosa o más costosa que los otros niños.
Recuerdo cuando siendo niña, un compañero de clase se dedicó a mirar debajo de las mesas para establecer, de acuerdo a los zapatos que llevábamos cada uno, si éramos ricos o pobres. Se me agolpó la vergüenza en el estómago, y sentí dolor, porque estaba segura de que a mí me llamarían pobre, ya que mis sandalias de verano estaban desgastadas. Pero la maestra volvió justo a tiempo al aula, que había abandonado durante unos minutos para ir al lavabo, y mi turno nunca llegó.
Mi familia no se podía costear un abrigo para ir a la escuela y otro diferente para salir los fines de semana, y mi hermana y yo siempre llevábamos el del uniforme para todo. Si me encontraba a alguien de la escuela por la calle, disimulaba, porque no quería que el lunes en la mañana comentaran con los demás compañeros que me habían visto con la ropa del uniforme en el fin de semana.
A la hora de comer, los demás niños llevaban manzanas rojas y sándwiches de mantequilla de cacahuete en su lunch box, pero mi abuela me preparaba croquetas, sopas, o incluso lentejas estofadas. Como buena española, quería que comiera caliente, nada de emparedados ni comida rápida. Por ello, yo me sentía diferente.
Fui buena estudiante, me gustaba aprender, y disfrutaba leyendo y escribiendo. Incluso leía en la hora del recreo, lo que aquí se llama recess. A menudo deseé en secreto no sacar tan buenas calificaciones. Quería ser aceptada por los demás niños.
Durante los años que acudí a la escuela elemental y secundaria, fui a un centro internacional, donde tuve compañeros de etnias, países y culturas muy diferentes de la mía, y donde aprendí que el hecho de simpatizar con alguien era suficiente para que nos hiciéramos amigos. No importaba el color de la piel, el idioma, ni la religión. Lo que me hacía diferente de ellos, pensaba yo, era que la mayoría se identificaba con un país: tuve compañeros norteamericanos, y también de Indonesia, México, Nigeria, España, India, Irlanda, Inglaterra, Escocia, Colombia, Cuba, Canadá, y más lugares. En cambio yo no sabía bien si era americana o española, las dos cosas o ninguna.
Nací en Madrid, pero mi primera infancia transcurrió en Pennsylvania, hasta que mis padres se separaron y mi hermana y yo fuimos a vivir con mi padre y mi abuela a España. El problema de aquella escuela era que cada fin de curso significaba una inevitable despedida. La mayoría de alumnos eran hijos de padres que viajaban mucho por su profesión, y yo quedaba siempre atrás. El primer día del curso siguiente era siempre muy temido por mí.
En cambio, este año me ilusiona ir a comprar los lápices, las ceras de colores, el pegamento, los cuadernillos para aprender a escribir, y todo lo demás que pide la escuela pública para cada niño. Se aproxima de nuevo el primer día de clase, pero no soy yo la que va a comenzar el curso. Es mi hija de cinco años, que va a acudir por vez primera. Está deseando subirse al autobús, y cuenta los días que faltan para poder hacerlo. Se ha probado varias veces el uniforme, y quiere ponérselo para ir al parque. Le digo que debe esperar al 15 de agosto, que es cuando comienzan las clases en Florida.
En España, que es donde ella nació, yo le hablaba inglés. Aquí he cambiado al español, porque quiero que crezca bilingüe, como lo somos sus dos padres, y sé que tengo por delante un largo y sostenido esfuerzo que realizar para ayudarla a crecer amando sus dos culturas. Afortunadamente, en la escuela pública acá, hay tanta diversidad como la que experimenté yo de niña en un colegio privado, que mi papá pagó a fuerza de nunca ir de vacaciones y muchos otros sacrificios. Mi hija no será la única de su clase que tenga mezcla de culturas en la sangre y en la mente.
Me doy cuenta de que he conseguido que se enorgullezca, aún a su corta edad, de saber dos idiomas. No le cuesta hacer amigos, ni tiene temor al primer día de escuela. Para mí esto es como una segunda oportunidad. En su compañía y con su ilusión, ahora puedo disfrutar de los preparativos para el primer día de clase.
Me he ofrecido como mamá voluntaria, para participar en las actividades escolares, y de alguna forma reconciliarme con mis recuerdos de infancia. Me entusiasma la idea de poder ser testigo del primer año de escuela de mi hija y de otros niños de su edad. Dentro de otros tres años, cuando mi hija pequeña cumpla los cinco, a mediados de agosto de ese año, llegará de nuevo el primer día de la escuela, ese lugar donde se forjan los adultos del mañana.
El día del comienzo del curso, despediré a mi hija en la parada del autobús escolar dándole un beso, deseándole que aprenda mucho y sobre todo, que se divierta. Por la tarde, ahí estaré de nuevo, para recibirla con otro gran beso, ansiosa por saber cómo le fue la jornada, y continuaré dándole las clases que se dan en casa. Son las que no tienen horario, ni fecha de comienzo y que son de por vida.
Porque no olvido que, aunque la escuela es vital para el aprendizaje, las lecciones más importantes, las del amor incondicional, el apoyo, el civismo, la empatía y el saber estar en el mundo, se aprenden desde el nacimiento, en el seno de la familia.

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