miércoles, septiembre 27, 2006

Adios a un audaz balsero, escritor, marido, padre y amigo


Hace ya casi un año, conocí a Domingo Perera, a través de la editorial en la que publicó los libros en los que contaba cómo logró salir de Cuba en balsa y llegar a los Estados Unidos con su hija Osmayda y su perra Lucy. Traduje al inglés su libro titulado Siempre Fiel, sobre su estrecha relación con su perrita, que fue sacrificada al llegar a territorio americano. Aquel suceso marcó a Perera de tal modo, que años después, construyó un obelisco a la memoria de su mascota, que atrajo la atención de sus vecinos de Fort Myers, e incluso de los medios de comunicación. Yo misma escribí varios artículos sobre él para diferentes periódicos, ya que me pareció un ser humano especial.
Tuve también la oportunidad de conocer a Virginia, o Villy, su esposa, que esperó siete años en Cuba, antes de poderse reunir con su familia en Florida, ya que su temor al agua le impidió hacer la travesía en balsa. Durante siete años se escribieron cartas en clave. En el salón de la casa del matrimonio, en Fort Myers, está enmarcado el alfabeto que inventaron para escribirse sin que las autoridades cubanas pudieran saber lo que se decían entre ellos. Se puede ver detrás de nosotros, en la foto que ilustra esta entrada.
Villy me escribió hace poco un e mail para contarme que el 13 de agosto, Domingo Perera murió de un fallo cardíaco, y añadió lo siguiente: “Fue un padre ejemplar, buen esposo, excelente hijo y amigo. Hemos visto como personas que ni hablan nuestro idioma se han solidarizado y han venido con flores hasta la Fuente que construyó. Un vecino que lo conoció cuando hacíamos la fuente en honor a Lucy, nos dijo que no solo era su amigo, si no su héroe. Otros, nos dan su ayuda desinteresada para terminar la adición que hacíamos en la casa. Eso dice todo de él; creo que sembró de todo lo bueno en su paso por la vida.”
Perera tenía varios libros en preparación, y asistía a cursos de inglés porque quería poder comunicarse mejor con sus vecinos y amigos americanos. Yo sabía que últimamente no se encontraba bien, pero no imaginaba que el motivo de su silencio en las últimas semanas fuera que había muerto.
Villy contó: “Me duele el hecho de que quería escribir muchas memorias y no creo que yo pueda hacerlo, y mi hija Osmy es mucho lo que tiene ahora sobre sus hombros. Estoy haciendo un sobrehumano esfuerzo por seguir como me lo pidió las clases de inglés. Me siento como un barco sin timón. El pensó que la vida era toda suya y tenia muchos proyectos que se quedaron y el principal fueron sus libros, pero no consideró que su salud era delicada. Dos días antes de morir, lleno las planillas para la ciudadanía de este país.”
Mis condolencias a Villy y a Osmy, y todos mis respetos a un hombre que ha logrado dejar huella a través de sus acciones, de sus relaciones y de sus libros.

martes, septiembre 26, 2006

¿Un caiman en su jardín?


Vivir en el sudoeste de la Florida implica convivir con caimanes, nos guste o no. La mayoría, cuando llegamos aquí, sabíamos de la existencia de estos reptiles en parques naturales y zonas pantanosas. Pero ¿esperaba usted encontrarse un caimán en su jardín o en el lago o canal que hay junto a su casa?
La realidad es que, como me contó por teléfono Lindsey Hord, el coordinador estatal del programa de caimanes molestos en Florida, de la Fish and Wildlife Conservation Commission, “aquí hay caimanes por todas partes”.
A mi marido le gusta pescar, y ya en dos ocasiones recientes, se le ha enganchado en el anzuelo un caimán bebé. En ambos casos, ocurrió a pocos pies de nuestra casa, en un lago de la zona residencial en la que vivimos.
Una vecina nos contó que en nuestro complejo residencial hay varios caimanes y que algunos han sido vistos cruzando la carretera tranquilamente. Yo misma los he observado tomando el sol y abriendo la boca, sobre el césped, o nadando en los lagos.
Una noche de tantas que salgo a caminar para estirar las piernas, un señor que paseaba sus perros me advirtió que debería llevar una linterna. Le pregunté por qué. “Por los caimanes, para verles los ojos”, me respondió. “No debería usted caminar de noche, porque eso es cuando salen a buscar alimentos, y podrían atacarla,” concluyó. Terminé mi caminata escuchando todo tipo de ruidos entre los arbustos y con el corazón al trote, y no precisamente por el ejercicio físico.
Cuando conté al Sr. Hord el comentario del caballero que estropeó mi paseo, me respondió riendo: “Seguramente corría usted un mayor riesgo por parte de aquel señor, que por los caimanes. Hay más riesgo de que usted se caiga caminando y se haga daño, de que la muerda un caimán, incluso por la noche.”
También me aseguró que no quería dar una impresión equivocada, ya que los caimanes no son inofensivos, y en ocasiones es cierto que agreden a personas, pero que los medios de comunicación en general son tan sensacionalistas cada vez que se produce un ataque, que crean un clima de terror y temor que no se corresponde con los riesgos reales, si uno practica la prudencia a diario.
“Me atrevo a decir que el año pasado murieron más personas ahogadas que por culpa de la mordedura de un caimán. En realidad, los que más peligro corren cuando hay caimanes cerca, son las mascotas. Por eso yo no vivo cerca del agua. Tengo dos perros, y los protejo.”
Hord recomienda que si a un pescador se le enreda el anzuelo en la boca u otra parte del cuerpo de un caimán, como le pasó a mi marido, lo mejor que puede hacer es cortar el sedal y olvidarse del anzuelo.
“Sólo un profesional debe tocar un caimán. Además, es ilegal molestarlos o darles de comer,” dijo Hord.
Ante esto, ¿qué podemos hacer para mantener nuestra seguridad en proximidad de caimanes?
“Lo primero, ¡no vivir cerca del agua!”, aseguró Hord. Y en segunda instancia, tomar nota del número de atención al público al que llamar en caso de caimanes molestos. El único inconveniente es que no hay servicio en español, ni en el contestador ni mediante el personal que atiende, aunque parece ser que eso va a cambiar en el futuro.
A pesar de que el animal no le haya amenazado, si mide al menos 4 pies de largo, y usted le puede facilitar el acceso al trampero que venga a apresarlo (es decir, que el caimán no esté en un lugar al que usted no tenga acceso), lo matarán y se lo llevarán. Según Hord, no los reubican porque sería muy costoso para el contribuyente de tasas. Dice que se matan unos seis o siete mil caimanes al año debido a llamadas del público, y que se reciben unas 17.000 llamadas al año en Florida.
En el caso de caimanes que midan menos de cuatro pies de largo, sólo los apresan y matan en el caso de que hayan atacado a alguien. De lo contrario, los dejan tranquilos.
El número de teléfono para avisar de un caimán molesto es: 1-866-FWC-GATOR (1-866-392-4286).

Algunas medidas de seguridad para evitar ataques de caimanes (recomendados por la Fish and Wildlife Conservation Commission):

- Supervise a los niños cuando jueguen cerca de agua dulce, como un lago o canal. Nunca los deje solos.
- Nunca nade en aguas dulces donde pueda haber caimanes. Sobre todo, nunca nade por la noche, que es cuando más activos están estos animales.
- Nunca interactúe con los caimanes. Es ilegal (y peligroso) darles de comer o molestarlos.
- No permita que sus mascotas se acerquen a aguas donde podría haber caimanes.

Cómo conseguir trabajo en los Estados Unidos


Si usted quiere información acerca de cómo prepararse para conseguir empleo en este país, le recomiendo que lea un libro titulado Cómo Conseguir Trabajo en los Estados Unidos, por Mariela Dabbah, autora argentina ubicada en Nueva York. Ella llegó a este país hace dieciocho años, como turista, y consiguió empleo e incluso su ciudadanía, y avanzó en el mundo profesional hasta convertirse en una líder en consultoría y conferenciante de éxito.
Cómo Conseguir Trabajo en los Estados Unidos se trata de un libro de fácil lectura, breve, repleto de información importante, que ayudará tanto al recién llegado como al que lleva ya un tiempo acá, pero que aún no ha desarrollado todo su potencial, quizá por desconocer las reglas del código americano.
¿Sabía usted que en el currículum vitae, en Estados Unidos no se incluye información como su edad, lugar de nacimiento, o estado civil, porque es información potencialmente discriminatoria? ¿Sabía que si no llega al menos diez minutos antes de la hora a la que le citaron para la entrevista de trabajo, su potencial empleador puede considerar que llegó tarde? ¿Conoce los lugares físicos y en Internet donde le pueden brindar ayuda gratuita para facilitarle en encontrar un empleo?
En tal caso, en el libro de Mariela Dabbah, obtendrá información que le infundirá confianza y le proporcionará herramientas para abrir las puertas de un futuro profesional mejor. Dabbah recomienda practicar la asertividad, la puntualidad y aprender inglés como requisitos indispensables para conseguir empleo y evitar que se aprovechen de usted. Mediante la lectura de este libro, aprenderá a identificar sus habilidades, a definir sus objetivos de trabajo y a prepararse para la entrevista, entre otras muchas cosas. Lo puede encontrar en la biblioteca, en Walmart o bien en la Internet. Tiene 120 páginas y cuesta 8,95 dólares.
El segundo libro recomendado aquí, se titula Ayude a sus Hijos a Tener Éxito en la escuela, Guía para Padres Latinos, y también contiene valiosa información para los latinos que no comprenden el sistema escolar público americano. Como dice Dabbah, ¡ni siquiera lo comprenden muchos americanos! En este manual, Dabbah explica, entre otras cosas, cómo escoger una escuela para los niños, los procedimientos para registrarlo, cómo obtener ayudas, los exámenes, cómo comunicarse con los maestros, y la importancia de estar involucrado en la educación de los hijos. Da sugerencias acerca de qué hacer para ayudar al niño a desarrollar hábitos de aprendizaje, y desvela cuáles son los derechos y responsabilidades de los padres, dentro del sistema escolar americano. Todo ello, explicado en un lenguaje sencillo y claro. La guía tiene 114 páginas, y cuesta 8,95 dólares.
Dabbah imparte seminarios sobre cómo conseguir trabajo, y sobre cómo desarrollar relaciones personales en el ámbito laboral, entre otros temas.
“Mis libros están dirigidos a latinos que crecieron y se educaron en Latinoamérica y que no manejan con soltura los códigos para tener éxito en este país. No importa que nivel socioeconómico o educativo tengan, todos pueden encontrar algo importante en estas guías,” dijo la autora.
Su próxima publicación, en coautoría con Arturo Poiré, será La Ventaja Latina en el Trabajo, que saldrá primero en inglés y después en español. Trata de los rasgos que son típicos de la cultura latina y explica cómo convertirlos en una ventaja en lugar de un defecto. Según Dabbah, hay que adaptar las virtudes del carácter latino al ambiente de trabajo americano.
“Por ejemplo, los latinos somos muy flexibles porque en nuestros países nunca sabemos qué va a pasar. Por eso tenemos una gran capacidad de adaptación. Eso es muy favorable porque nos sirve para adaptarnos rápidamente a los cambios. Ahora, si lo llevas al extremo, uno se puede encontrar en situaciones incómodas por demasiado tiempo, porque se adapta, se conforma, y no avanza en su carrera como debería”, explicó Dabbah.

Para más información, pueden visitar su página web: http://www.marieladabbah.com/

viernes, septiembre 22, 2006

El primer día del curso

Se aproxima el primer día de escuela, y todavía no he comprado todos los útiles necesarios para comenzar el curso. Tengo el uniforme, que me parece bien práctico, porque evita tener que decidir a diario el vestuario para asistir a clase. Además, unifica a todos, y nadie destaca por llevar una marca de ropa más prestigiosa o más costosa que los otros niños.
Recuerdo cuando siendo niña, un compañero de clase se dedicó a mirar debajo de las mesas para establecer, de acuerdo a los zapatos que llevábamos cada uno, si éramos ricos o pobres. Se me agolpó la vergüenza en el estómago, y sentí dolor, porque estaba segura de que a mí me llamarían pobre, ya que mis sandalias de verano estaban desgastadas. Pero la maestra volvió justo a tiempo al aula, que había abandonado durante unos minutos para ir al lavabo, y mi turno nunca llegó.
Mi familia no se podía costear un abrigo para ir a la escuela y otro diferente para salir los fines de semana, y mi hermana y yo siempre llevábamos el del uniforme para todo. Si me encontraba a alguien de la escuela por la calle, disimulaba, porque no quería que el lunes en la mañana comentaran con los demás compañeros que me habían visto con la ropa del uniforme en el fin de semana.
A la hora de comer, los demás niños llevaban manzanas rojas y sándwiches de mantequilla de cacahuete en su lunch box, pero mi abuela me preparaba croquetas, sopas, o incluso lentejas estofadas. Como buena española, quería que comiera caliente, nada de emparedados ni comida rápida. Por ello, yo me sentía diferente.
Fui buena estudiante, me gustaba aprender, y disfrutaba leyendo y escribiendo. Incluso leía en la hora del recreo, lo que aquí se llama recess. A menudo deseé en secreto no sacar tan buenas calificaciones. Quería ser aceptada por los demás niños.
Durante los años que acudí a la escuela elemental y secundaria, fui a un centro internacional, donde tuve compañeros de etnias, países y culturas muy diferentes de la mía, y donde aprendí que el hecho de simpatizar con alguien era suficiente para que nos hiciéramos amigos. No importaba el color de la piel, el idioma, ni la religión. Lo que me hacía diferente de ellos, pensaba yo, era que la mayoría se identificaba con un país: tuve compañeros norteamericanos, y también de Indonesia, México, Nigeria, España, India, Irlanda, Inglaterra, Escocia, Colombia, Cuba, Canadá, y más lugares. En cambio yo no sabía bien si era americana o española, las dos cosas o ninguna.
Nací en Madrid, pero mi primera infancia transcurrió en Pennsylvania, hasta que mis padres se separaron y mi hermana y yo fuimos a vivir con mi padre y mi abuela a España. El problema de aquella escuela era que cada fin de curso significaba una inevitable despedida. La mayoría de alumnos eran hijos de padres que viajaban mucho por su profesión, y yo quedaba siempre atrás. El primer día del curso siguiente era siempre muy temido por mí.
En cambio, este año me ilusiona ir a comprar los lápices, las ceras de colores, el pegamento, los cuadernillos para aprender a escribir, y todo lo demás que pide la escuela pública para cada niño. Se aproxima de nuevo el primer día de clase, pero no soy yo la que va a comenzar el curso. Es mi hija de cinco años, que va a acudir por vez primera. Está deseando subirse al autobús, y cuenta los días que faltan para poder hacerlo. Se ha probado varias veces el uniforme, y quiere ponérselo para ir al parque. Le digo que debe esperar al 15 de agosto, que es cuando comienzan las clases en Florida.
En España, que es donde ella nació, yo le hablaba inglés. Aquí he cambiado al español, porque quiero que crezca bilingüe, como lo somos sus dos padres, y sé que tengo por delante un largo y sostenido esfuerzo que realizar para ayudarla a crecer amando sus dos culturas. Afortunadamente, en la escuela pública acá, hay tanta diversidad como la que experimenté yo de niña en un colegio privado, que mi papá pagó a fuerza de nunca ir de vacaciones y muchos otros sacrificios. Mi hija no será la única de su clase que tenga mezcla de culturas en la sangre y en la mente.
Me doy cuenta de que he conseguido que se enorgullezca, aún a su corta edad, de saber dos idiomas. No le cuesta hacer amigos, ni tiene temor al primer día de escuela. Para mí esto es como una segunda oportunidad. En su compañía y con su ilusión, ahora puedo disfrutar de los preparativos para el primer día de clase.
Me he ofrecido como mamá voluntaria, para participar en las actividades escolares, y de alguna forma reconciliarme con mis recuerdos de infancia. Me entusiasma la idea de poder ser testigo del primer año de escuela de mi hija y de otros niños de su edad. Dentro de otros tres años, cuando mi hija pequeña cumpla los cinco, a mediados de agosto de ese año, llegará de nuevo el primer día de la escuela, ese lugar donde se forjan los adultos del mañana.
El día del comienzo del curso, despediré a mi hija en la parada del autobús escolar dándole un beso, deseándole que aprenda mucho y sobre todo, que se divierta. Por la tarde, ahí estaré de nuevo, para recibirla con otro gran beso, ansiosa por saber cómo le fue la jornada, y continuaré dándole las clases que se dan en casa. Son las que no tienen horario, ni fecha de comienzo y que son de por vida.
Porque no olvido que, aunque la escuela es vital para el aprendizaje, las lecciones más importantes, las del amor incondicional, el apoyo, el civismo, la empatía y el saber estar en el mundo, se aprenden desde el nacimiento, en el seno de la familia.