domingo, julio 23, 2006

Se hace el camino al andar ... cuando hay aceras


Una de las cosas a las que no me acostumbro de donde vivo ahora -una ciudad suburbana del sur de Florida- es que no puedo ir caminando a ninguna parte. Mejor dicho, no puedo ir caminando a ninguna parte que me resulte interesante. Es imposible ir a pie a comprar el pan, al banco, o a un parque. Lo único que puedo hacer es dar vueltas y vueltas, dentro de la urbanización en la que vivo, y en la que afortunadamente, están construyendo un pequeño centro comercial y una piscina, a la que iré con las dos piernas que me ha dado Dios, Buda, Alá, la naturaleza, o quien sea.
Aquí, tener coche no es un lujo, y tener dos o tres por familia, tampoco. Y si uno de ellos se estropea, los demás miembros de la familia han de hacer de chófer del que se quedó sin vehículo. Creo que hay unos cuantos taxis en el condado, pero nunca están disponibles para una urgencia, y hay que avisarlos con horas y a veces días, de antelación.
El transporte público, que aquí es un misterio, llegó a la zona hace tan sólo tres años, porque los ricos se dieron cuenta de que los inmigrantes pobres que iban a limpiar sus casas o cortar su césped no tenían medio de locomoción.
Nadie sabe bien dónde están las paradas de autobús, ni el recorrido que hacen, y mucho menos, el horario. A pesar de que aquí en verano es muy factible que te parta un rayo durante una tormenta eléctrica, de las que se producen una o más cada día, muchas paradas no tienen protección alguna, y el que espera está a merced de los elementos, que aquí son muy agresivos. En cada parada, hay un número de teléfono al que llamar, supongo que para saber cuándo llegará el minibús (tan pocas personas lo toman, que nisiquiera utilizan autobuses), y los pocos a quienes se ve esperando su llegada son obreros que no hablan inglés, gente de otros lugares, de otras razas, que vinieron aquí en busca de un futuro mejor y se encontraron con que aquí hace falta el coche para todo y no se lo pueden comprar porque para empezar no tienen ni documentación en regla.
Los WASPS (white anglo saxon protestants) no esperan el autobus.
Cuando salgo a caminar por las mañanas o por las tardes (porque de día, en verano, hace un calor y una humedad insoportable, o bien está tronando), me cruzo con otros caminantes, que no paseantes. Van vestidos con ropa y zapatillas deportivas, y caminan rápido. Se ve que salen, como yo, para que no se les anquilosen las piernas, y no para dar un paseo y admirar su entorno, ni para ir a un lugar concreto. Durante el resto del día, voy en coche, y sólo me cruzo con el caimán que vive en el lago, y con otros coches de cristales tintados, que ocultan a sus pasajeros.
Aquí, fuera de las urbanizaciones, no hay apenas aceras, y no hay cruces para peatones. De hecho, una vez intenté cruzar una calle, que se parece más a la M-30 de Madrid que a la Gran Vía, y desistí al ver lo fácil que sería que me pillara un auto. Aquí los peatones son una especie en extinción.
En cambio, todo está preparado para no necesitar mover los miembros inferiores más que lo justo. Puedo hacer mis transacciones bancarias sentada en mi coche (tipo el Mac Auto que hay en algunos MacDonald´s en España), dejar y recoger ropa en la tintorería, comprar un medicamento en la farmacia, ir a comer, echar las cartas al correo, y mucho más, sin mover los pies.
Aquí se pasan tantas horas al día en el coche, que se ha convertido en una habitación más de la casa. Naturalmente, está permitido hablar por teléfono mientras se conduce (por eso llevo un micrófono en la foto), y personalmente aprovecho el tiempo al volante para ponerme al día con familia y amigos, o bien para escuchar audio libros.
Aquí es tan raro eso de ver caminar a las personas por gusto, que a mi marido se le ocurrió hace poco pasear por la playa al atardecer, y lo paró la policía para preguntarle qué hacía. No entendieron que quisiera estirar las piernas, cuando debería estar en casa con su familia, como cualquier otro ciudadano de bien.
Ahhh, cómo echo de menos poder salir por la puerta, y caminar a todas partes, subirme a un autobús donde nadie me ceda el asiento aunque vaya cargada con mis hijas y sus cachivaches, que haga paradas bruscas en mitad de una ciudad llena de polución, o levantar el brazo en cualquier esquina y detener un taxi, cuyo conductor fume y me eche el humo en la cara mientras se da la vuelta para reprenderme porque mi hija le manchó el asiento con sus babas.
Hoy me enfadé con mi marido porque temporalmente compartimos un coche, y llevo dos días sin poder salir de la bonita urbanización donde vivo, porque él se llevó el auto para hacer sus cosas.
¿Y si algún listo montara aquí una empresa de taxis que fuera eficaz?
¿O un servicio de "teleamigos" que me trajeran alguien con quien hablar a casa las tardes en las que no me puedo desplazar?
¿O una acera portátil que se vaya desplegando a mi paso cuando camino, para poder hacer camino al andar?

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