martes, julio 18, 2006

Mujer y artista

Hace un par de noches vi el documental del 2002, Buscando a Debra Winger, producido y dirigido por Rosanna Arquette. Me encantó. Como mujer que ya cumplió los cuarenta, llena de proyectos, y una apretada agenda que incluye limpiar la casa, hacer la compra, cocinar, bañar o duchar a las niñas, y a mí misma si me queda tiempo, escribir artículos y libros, practicar un mínimo de deporte, procurar mantener el contacto con mis amigos, y al menos darle un beso a mi marido cuando llega del trabajo, me pareció interesante la propuesta del documental.
Cuando una es madre, y además lo buscó con ahínco, y tiene alguna otra pasión artística o creativa, es complicado combinar ambas. No es imposible, pero reconozco que no es fácil.
Sin embargo, y aunque si tuviera que elegir entre mis hijas y mi vocación, elegiría a las niñas, prefiero asumir la difícil postura de equilibrar la maternidad con la escritura.
Escribo a salto de mata, cuando puedo: durante una siesta de mis hijas, o mientras se entretienen dibujando o jugando; o bien por las noches, si no se me cierran los ojos; y a menudo en lugar de hacer alguna actividad social. Ser mujer hoy en día no es fácil. Quizá no lo ha sido nunca.
El hombre, por lo general, no se siente culpable si trabaja en lugar de quedarse en casa cambiando pañales, ni si va a un partido de fútbol en lugar de quedarse en casa porque su bebé tiene fiebre y su mujer está al borde del desmayo de puro cansancio. Pero la mayoría de nosotras nos sentimos mal si perseguimos nuestros sueños o una profesión exigente, si somos madres.
Yo paso casi todo el tiempo libre de mis niñas con ellas, y aún así a ratos me siento mal si mi gusto por escribir o por hacer deporte me aparta de ellas unas horas o incluso unos minutos. Pero si no escribo, o si no hago ejercicio, me siento tan mal, que incluso mi marido me llega a pedir que me calce las deportivas y salga a correr, o bien que me siente al teclado. Creo que mis hijas se beneficiarán del modelo que les proporciono. Me tienen siempre, y ellas lo saben, y están aprendiendo, a pesar de su corta edad, a respetar las necesidades de mamá.
Pienso que cuando ellas sean adultas, les resultará más fácil tomar la decisión de no renunciar nunca a sus sueños aunque tengan que encajarlos en su vida familiar como si fuera un complicado rompecabezas.
Nunca me oirán decir que yo no pude hacer esto o lo otro por criarlas a ellas, como escucho decir a muchas otras mujeres, ya abuelas, simplemente, porque siempre buscaré la manera de desarrollar mi vocación de escritora, aunque sólo pueda dedicarle cinco o diez minutos al día.




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