domingo, julio 30, 2006

A Tough Cookie, or TuffCooki.com


Una de las cosas que más disfruto de hacer entrevistas para un periódico, es que me permite conocer a personas de todo tipo, y algunas de ellas, excepcionales.
Gracias a mi cuñada Andrea, pude entrevistar a Mónica Kennedy, una tough cookie, o chica dura de roer (en el buen sentido), que rezuma entusiasmo y pasión por su negocio de diseño, fabricación y venta de bolsos exclusivos, de la marca TuffCooki.
La fotografía de la izquierda, tomada por mí, no hace justicia a sus creaciones, y por ello, recomiendo visitar su web, www.tuffcooki.com para poder admirar sus creaciones, y posiblemente adquirir alguna.
Mónica es española de nacimiento, pero se casó con Caleb Kennedy, de ascendencia Cheyenne e irlandesa y consultor financiero de profesión. Ella estudió Administración de Empresas, pero siempre tuvo alma de diseñadora.
Felizmente casada desde hace ocho años, mamá de Carlos, de cinco, y ahora embarazada de una nena, en el 2004 Mónica por fin dio alas a su sueño de ganarse la vida con su creatividad, y empezó a diseñar camisetas.
Meses más tarde, con una máquina de coser que le regaló su padre, y todo el apoyo de su marido, Mónica se lanzó a diseñar y coser ella misma modelos de bolsos únicos, con nombres españoles como Segovia, Sevilla o Ibiza, entre otros.
Los materiales son duraderos y fáciles de mantener, y los diseños cómodos, prácticos y divertidos. Si no te gusta ninguno de los modelos que muestra en su web (y que actualiza según los va vendiendo y fabricando nuevos), puedes también pedirle un diseño a la medida de tus necesidades y preferencias.
Mónica vive en Florida, y trabaja, como yo, desde casa, y combina el ser madre, mujer y esposa, con su pasión, que ha convertido en un modo de vida.
Participa en eventos para recaudar fondos para fines caritativos, y está presente en muchas tiendas virtuales, de carácter independiente.
Sueña con tener en el futuro su propia tienda, y estoy segura de que lo conseguirá, porque tiene lo que hay que tener para sacar adelante cualquier empresa que se proponga.
No dejéis de visitar su web, que de momento está en inglés, pero las imágenes de sus diseños no requieren traducción.

domingo, julio 23, 2006

Se hace el camino al andar ... cuando hay aceras


Una de las cosas a las que no me acostumbro de donde vivo ahora -una ciudad suburbana del sur de Florida- es que no puedo ir caminando a ninguna parte. Mejor dicho, no puedo ir caminando a ninguna parte que me resulte interesante. Es imposible ir a pie a comprar el pan, al banco, o a un parque. Lo único que puedo hacer es dar vueltas y vueltas, dentro de la urbanización en la que vivo, y en la que afortunadamente, están construyendo un pequeño centro comercial y una piscina, a la que iré con las dos piernas que me ha dado Dios, Buda, Alá, la naturaleza, o quien sea.
Aquí, tener coche no es un lujo, y tener dos o tres por familia, tampoco. Y si uno de ellos se estropea, los demás miembros de la familia han de hacer de chófer del que se quedó sin vehículo. Creo que hay unos cuantos taxis en el condado, pero nunca están disponibles para una urgencia, y hay que avisarlos con horas y a veces días, de antelación.
El transporte público, que aquí es un misterio, llegó a la zona hace tan sólo tres años, porque los ricos se dieron cuenta de que los inmigrantes pobres que iban a limpiar sus casas o cortar su césped no tenían medio de locomoción.
Nadie sabe bien dónde están las paradas de autobús, ni el recorrido que hacen, y mucho menos, el horario. A pesar de que aquí en verano es muy factible que te parta un rayo durante una tormenta eléctrica, de las que se producen una o más cada día, muchas paradas no tienen protección alguna, y el que espera está a merced de los elementos, que aquí son muy agresivos. En cada parada, hay un número de teléfono al que llamar, supongo que para saber cuándo llegará el minibús (tan pocas personas lo toman, que nisiquiera utilizan autobuses), y los pocos a quienes se ve esperando su llegada son obreros que no hablan inglés, gente de otros lugares, de otras razas, que vinieron aquí en busca de un futuro mejor y se encontraron con que aquí hace falta el coche para todo y no se lo pueden comprar porque para empezar no tienen ni documentación en regla.
Los WASPS (white anglo saxon protestants) no esperan el autobus.
Cuando salgo a caminar por las mañanas o por las tardes (porque de día, en verano, hace un calor y una humedad insoportable, o bien está tronando), me cruzo con otros caminantes, que no paseantes. Van vestidos con ropa y zapatillas deportivas, y caminan rápido. Se ve que salen, como yo, para que no se les anquilosen las piernas, y no para dar un paseo y admirar su entorno, ni para ir a un lugar concreto. Durante el resto del día, voy en coche, y sólo me cruzo con el caimán que vive en el lago, y con otros coches de cristales tintados, que ocultan a sus pasajeros.
Aquí, fuera de las urbanizaciones, no hay apenas aceras, y no hay cruces para peatones. De hecho, una vez intenté cruzar una calle, que se parece más a la M-30 de Madrid que a la Gran Vía, y desistí al ver lo fácil que sería que me pillara un auto. Aquí los peatones son una especie en extinción.
En cambio, todo está preparado para no necesitar mover los miembros inferiores más que lo justo. Puedo hacer mis transacciones bancarias sentada en mi coche (tipo el Mac Auto que hay en algunos MacDonald´s en España), dejar y recoger ropa en la tintorería, comprar un medicamento en la farmacia, ir a comer, echar las cartas al correo, y mucho más, sin mover los pies.
Aquí se pasan tantas horas al día en el coche, que se ha convertido en una habitación más de la casa. Naturalmente, está permitido hablar por teléfono mientras se conduce (por eso llevo un micrófono en la foto), y personalmente aprovecho el tiempo al volante para ponerme al día con familia y amigos, o bien para escuchar audio libros.
Aquí es tan raro eso de ver caminar a las personas por gusto, que a mi marido se le ocurrió hace poco pasear por la playa al atardecer, y lo paró la policía para preguntarle qué hacía. No entendieron que quisiera estirar las piernas, cuando debería estar en casa con su familia, como cualquier otro ciudadano de bien.
Ahhh, cómo echo de menos poder salir por la puerta, y caminar a todas partes, subirme a un autobús donde nadie me ceda el asiento aunque vaya cargada con mis hijas y sus cachivaches, que haga paradas bruscas en mitad de una ciudad llena de polución, o levantar el brazo en cualquier esquina y detener un taxi, cuyo conductor fume y me eche el humo en la cara mientras se da la vuelta para reprenderme porque mi hija le manchó el asiento con sus babas.
Hoy me enfadé con mi marido porque temporalmente compartimos un coche, y llevo dos días sin poder salir de la bonita urbanización donde vivo, porque él se llevó el auto para hacer sus cosas.
¿Y si algún listo montara aquí una empresa de taxis que fuera eficaz?
¿O un servicio de "teleamigos" que me trajeran alguien con quien hablar a casa las tardes en las que no me puedo desplazar?
¿O una acera portátil que se vaya desplegando a mi paso cuando camino, para poder hacer camino al andar?

viernes, julio 21, 2006

Reuniones y despedidas


Hoy llevaré a mi hermana Laura al aeropuerto para que regrese a San Francisco, donde vive desde hace más de diez años. Ha pasado dos semanas en Florida, que se me han hecho tan cortas que me parece que fue ayer cuando la recibimos llenas de ilusión, después de todo un año sin vernos.
"¿A quién le voy a contar mis neuras ahora?" le pregunté mientras ella hacía la maleta esta mañana.
"A mí, por teléfono," me respondió. "Hablamos más cuando estoy en San Francisco que cuando estamos juntas."
Y tiene razón, porque cuando estamos juntas, también compartimos el día completo con mis hijas, que son sus sobrinas (la mayor, su ahijada), y cuando se duermen, nosotras caemos fulminadas, en lugar de quedarnos despiertas charlando de nuestras cosas. Sí logramos hacerlo una noche, cuando también vino nuestra hermana Sandra con su hija de cuatro meses. Fue mejor que una sesión de terapia con un psicólogo, porque recordando cosas del pasado, cada una contó cómo lo vivió y las otras pudieron dar su propia versión, y así pudimos hacernos una composición completa de eventos y sucesos que no comprendimos en su momento.
El que se va, o en este caso, la que se va, viaja a otros lugares, vuelve a su propio entorno, que también se llega a añorar. Pero el que se queda, o la que se queda, lo hace con un vacío en su corazón, que afortunadamente pronto se llenará con los planes de otro reencuentro.

martes, julio 18, 2006

Mujer y artista

Hace un par de noches vi el documental del 2002, Buscando a Debra Winger, producido y dirigido por Rosanna Arquette. Me encantó. Como mujer que ya cumplió los cuarenta, llena de proyectos, y una apretada agenda que incluye limpiar la casa, hacer la compra, cocinar, bañar o duchar a las niñas, y a mí misma si me queda tiempo, escribir artículos y libros, practicar un mínimo de deporte, procurar mantener el contacto con mis amigos, y al menos darle un beso a mi marido cuando llega del trabajo, me pareció interesante la propuesta del documental.
Cuando una es madre, y además lo buscó con ahínco, y tiene alguna otra pasión artística o creativa, es complicado combinar ambas. No es imposible, pero reconozco que no es fácil.
Sin embargo, y aunque si tuviera que elegir entre mis hijas y mi vocación, elegiría a las niñas, prefiero asumir la difícil postura de equilibrar la maternidad con la escritura.
Escribo a salto de mata, cuando puedo: durante una siesta de mis hijas, o mientras se entretienen dibujando o jugando; o bien por las noches, si no se me cierran los ojos; y a menudo en lugar de hacer alguna actividad social. Ser mujer hoy en día no es fácil. Quizá no lo ha sido nunca.
El hombre, por lo general, no se siente culpable si trabaja en lugar de quedarse en casa cambiando pañales, ni si va a un partido de fútbol en lugar de quedarse en casa porque su bebé tiene fiebre y su mujer está al borde del desmayo de puro cansancio. Pero la mayoría de nosotras nos sentimos mal si perseguimos nuestros sueños o una profesión exigente, si somos madres.
Yo paso casi todo el tiempo libre de mis niñas con ellas, y aún así a ratos me siento mal si mi gusto por escribir o por hacer deporte me aparta de ellas unas horas o incluso unos minutos. Pero si no escribo, o si no hago ejercicio, me siento tan mal, que incluso mi marido me llega a pedir que me calce las deportivas y salga a correr, o bien que me siente al teclado. Creo que mis hijas se beneficiarán del modelo que les proporciono. Me tienen siempre, y ellas lo saben, y están aprendiendo, a pesar de su corta edad, a respetar las necesidades de mamá.
Pienso que cuando ellas sean adultas, les resultará más fácil tomar la decisión de no renunciar nunca a sus sueños aunque tengan que encajarlos en su vida familiar como si fuera un complicado rompecabezas.
Nunca me oirán decir que yo no pude hacer esto o lo otro por criarlas a ellas, como escucho decir a muchas otras mujeres, ya abuelas, simplemente, porque siempre buscaré la manera de desarrollar mi vocación de escritora, aunque sólo pueda dedicarle cinco o diez minutos al día.




miércoles, julio 12, 2006

Seguir "palante"

Algunos días, cuesta levantarse de la cama. Creo que esto nos pasa a todos alguna vez, aunque hay quien lo experimenta a diario. Todos tenemos problemas o circunstancias que en ocasiones parecen adherirse a nuestra alma de tal forma que el peso de la misma hace difícil el enfrentarse al nuevo día.
Pero, pase lo que pase, hay que seguir "palante", porque la vida es así. No importa que llueva, que brille el sol, que tengamos dinero o no en el banco, una enfermedad pasajera o crónica, amigos o falta de ellos, entre otras muchas cosas.
Importa el hecho de que no estamos solos. De nosotros dependen otras personas, como nuestros hijos, padres, hermanos y amigos. Nacemos y morimos solos, sí. Pero en el día a día, es un acto de extremo narcisismo e incluso egoismo, el permitirse el lujo de llevar el pesimismo o los problemas por bandera. Uno no puede dejarse arrastrar por la melancolía, sobre todo si va a arrastrar o contagiar a quienes lo rodean y sobre todo a quienes lo quieren a uno.
Siento que tengo la responsabilidad de sonreír, de jugar, de infundirles a mis hijas ganas de vivir y la sensación de que "todo está bien", aunque no siempre sea cierto.
Ellas son mi motor, y el motivo de que hoy, aunque no tenga ganas de trabajar, esté al teclado, y haya sentido la necesidad de escribir esto antes de enfrentarme a las vicisitudes del día de hoy.